El futbol como expresión de legitimidad política y cohesión social en el México contemporáneo
Por Fernando Elías
Los grandes acontecimientos deportivos nunca son únicamente competencias entre equipos. También son escenarios donde se expresan identidades nacionales, formas de organización institucional, disputas políticas y emociones colectivas. En el caso mexicano, los recientes eventos futbolísticos permiten observar cómo el deporte puede convertirse en un espacio de construcción de legitimidad, fortalecimiento de la identidad nacional y reafirmación del vínculo entre gobierno y ciudadanía.
Estoy convencido que el resultado deportivo tiene un peso limitado frente a los efectos políticos, sociales y culturales que dejó el torneo. Por ello sostengo que, aunque México no obtuvo el resultado esperado en la cancha, el país fortaleció su imagen internacional al demostrar capacidad institucional, gobernabilidad, participación ciudadana y un renovado orgullo nacional. También afirmo sin mayor duda que estos acontecimientos fortalecieron políticamente a la presidenta Claudia Sheinbaum, al proyectar una imagen de liderazgo basada en la estabilidad institucional y el diálogo.

Más allá del marcador: una imagen internacional distinta de México
Durante años, diversos sectores políticos sostuvieron que México atravesaba una crisis permanente de gobernabilidad e inseguridad que impediría organizar exitosamente eventos de gran magnitud. Sin embargo, el desarrollo del torneo mostró una realidad más compleja.
La realización de los encuentros, la llegada de visitantes nacionales y extranjeros, el funcionamiento de la infraestructura y el desarrollo cotidiano de las actividades permitieron proyectar una imagen de un país con instituciones capaces de organizar eventos internacionales de gran escala. En ese sentido, el resultado deportivo quedó en un segundo plano frente a la percepción internacional de estabilidad y capacidad organizativa.
Ello no significa desconocer los problemas que enfrenta el país, sino reconocer que los acontecimientos deportivos también permiten contrastar narrativas políticas con experiencias observables por millones de personas.
Gobernabilidad y capacidad de negociación
Uno de los elementos más relevantes fue la capacidad del Estado para mantener condiciones de estabilidad durante el torneo.
Diversos grupos sociales aprovecharon la visibilidad internacional del evento para expresar demandas legítimas, como suele ocurrir en las democracias contemporáneas. Sin embargo, dichas manifestaciones no impidieron el desarrollo de las actividades principales ni alteraron significativamente el funcionamiento del torneo.
Desde esta perspectiva, puede sostenerse que el gobierno mostró capacidad de negociación, diálogo y conducción política, evitando escenarios de confrontación que habrían afectado tanto a la población como a la imagen internacional del país.

La participación ciudadana y el orden público
Millones de personas participaron en celebraciones, reuniones familiares, espacios públicos y actividades relacionadas con el torneo.
Lejos de convertirse en escenarios de caos generalizado, la mayoría de estas concentraciones transcurrieron con normalidad y dentro de condiciones de orden público.
Este comportamiento colectivo refleja una sociedad capaz de apropiarse del espacio público mediante formas de convivencia pacífica, fortaleciendo el sentido de comunidad alrededor de un acontecimiento compartido.
La democratización del espectáculo deportivo
Tradicionalmente, los grandes eventos deportivos internacionales han estado asociados con elevados costos de acceso que limitan la participación popular, como fue el caso de los costos prohibitivos de los boletos para ver los partidos en el Estadio Azteca.
Sin embargo, la amplia asistencia a los Fan Fest y otros espacios abiertos permitió que cientos de miles de personas vivieran el torneo de manera colectiva.
Desde esta perspectiva, el pueblo mexicano resignificó un espectáculo originalmente pensado bajo una lógica comercial y lo convirtió también en una experiencia social y cultural. Más que consumidores, millones de asistentes actuaron como protagonistas de una celebración nacional que fortaleció la identidad colectiva.

Una derrota deportiva que fortaleció el vínculo con la selección
Aunque el resultado futbolístico fue adverso, la selección mexicana consiguió generar una identificación social poco frecuente en años recientes.
Las muestras de apoyo que fue creciendo durante y después de los partidos reflejaron un renovado sentimiento de pertenencia entre aficionados y jugadores.
En este sentido, la derrota deportiva no necesariamente significó un fracaso simbólico. Por el contrario, permitió fortalecer la relación emocional entre el equipo nacional y una parte importante del pueblo mexicano, dentro y fuera del país.
El orgullo nacional como elemento de transformación
Los símbolos nacionales ocupan un lugar central en la construcción de proyectos políticos.
Durante el torneo pudo observarse una expresión amplia del orgullo por México, manifestada mediante banderas, reuniones comunitarias, celebraciones y múltiples expresiones culturales.
Este fenómeno puede interpretarse como parte de un cambio de mentalidad que busca recuperar el orgullo nacional sin excluir la diversidad social del país. La identidad nacional deja de entenderse únicamente como un símbolo patriótico para convertirse también en un recurso que fortalece la cohesión social y la confianza colectiva.
El fortalecimiento político de la presidenta Claudia Sheinbaum
En el plano político, el desarrollo del torneo coincidió con una etapa en la que la presidenta Claudia Sheinbaum proyectó una imagen de estabilidad institucional y continuidad gubernamental.
Por ello, su liderazgo se fortaleció al asociarse con un país capaz de organizar eventos internacionales, mantener condiciones de gobernabilidad y privilegiar el diálogo frente a escenarios potenciales de confrontación.
Al mismo tiempo, analistas nacionales e internacionales, consideran que este contraste permitió diferenciar su estilo político del discurso confrontativo impulsado por Donald Trump, cuya estrategia ha privilegiado posiciones más nacionalistas y polarizantes. Bajo esta lectura, el evento deportivo también funcionó como un escenario simbólico donde se confrontaron modelos distintos de liderazgo político.

Comunicación política y legitimidad
Otro elemento relevante consiste en distinguir entre la organización de eventos públicos y la construcción cotidiana de legitimidad gubernamental.
Diversos actores políticos intentaron reproducir la experiencia colectiva del torneo mediante la instalación de pantallas en plazas públicas. Sin embargo, esta estrategia difícilmente puede sustituir una comunicación política constante.
Desde esta perspectiva, una parte importante de la fortaleza política del actual gobierno radica en mantener una comunicación frecuente con la ciudadanía mediante la explicación de decisiones, la presentación de resultados y la rendición pública de cuentas. La legitimidad política no depende únicamente de eventos masivos, sino de una relación permanente entre gobierno y sociedad y es en esto que fallan los “expertos comunicadores” de los gobiernos municipales.
El fracaso de las expectativas negativas
Finalmente, una de las principales conclusiones de este análisis consiste en señalar que no se materializaron muchos de los escenarios negativos anticipados por distintos sectores de oposición.
Ni ocurrió un colapso organizativo, ni se produjo una crisis generalizada durante el torneo, ni desapareció el entusiasmo social alrededor de la selección nacional.
Esto no implica afirmar que todos los problemas del país hayan sido resueltos. Significa, más bien, que los acontecimientos deportivos pusieron en evidencia la distancia existente entre algunas narrativas políticas y los hechos observados durante el desarrollo del evento.

A manera de conclusión
El futbol, como fenómeno social, trasciende ampliamente los resultados obtenidos dentro del terreno de juego.
El caso mexicano muestra que los eventos deportivos pueden convertirse en escenarios donde se disputan narrativas sobre la capacidad del Estado, la identidad nacional, la gobernabilidad y la legitimidad política.
Desde una perspectiva progresista, el torneo dejó tres enseñanzas principales. La primera es que México demostró capacidad institucional para organizar un acontecimiento internacional de gran magnitud. La segunda es que millones de ciudadanos hicieron suyo un evento deportivo mediante formas pacíficas de participación colectiva. La tercera es que el gobierno federal, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, logró proyectar una imagen de estabilidad y liderazgo que fortaleció su posición política.
En consecuencia, aunque el marcador deportivo fue adverso, el balance político y simbólico puede interpretarse como favorable considerando que el país atraviesa un proceso de transformación institucional y de reconstrucción del orgullo nacional.








