El otro poder: Alfredo Mendoza y la política que se hace desde la calle y no en las redes sociales.

Por: Fernando Elías

Especial para el Colectivo Conciencia y Transformación / Cuautitlán Izcalli

 

En Cuautitlán Izcalli, un municipio devorado por la mancha urbana, el asfalto roto y la promesa incumplida, la política tradicional huele a escritorio de caoba y a perfume de corrupción. Aquí, los gobiernos municipales —de uno u otro color— se turnan para inaugurar obras que nunca terminan y para salir en fotos con cascos blancos que no protegen a nadie.

 

Pero en las grietas de ese sistema podrido, hay una semilla que crece sin permiso: se llama Alfredo Mendoza, y su herramienta no es el discurso vacío, sino la mesa de plástico plegable.

 

Mendoza es oriundo del pueblo de Santiago Tepalcapa, una comunidad que aún recuerda el olor a tierra mojada antes de que el cemento lo cubriera todo. Allí, donde las calles tienen memoria, este dirigente del Frente Social Amplio comenzó hace más de ocho años una labor que los politólogos llamarían «organización de base» y el pueblo llama, simplemente, estar cuando se necesita.

No hay mitin sin micrófono ni foto con influencers. Su estrategia es más antigua que el PRI y el PAN: el diálogo cara a cara, el vecino que escucha al vecino. Por eso, desde 2008 recorre el municipio entero, colonia por colonia, kilómetro por kilómetro, con una libreta que apunta más realidades que promesas y resolviendo, por ejemplo los problemas con el servicio de luz.

 

Pero hay un lugar que se ha convertido en el símbolo de su terquedad militante: el “Gallinero” de Infonavit Norte. Los sábados, desde hace cuatro años, Alfredo se planta ahí, en ese espacio que los planos oficiales no embellecen pero que la necesidad vuelve sagrado. ¿Qué es el Gallinero? Para los burócratas y fifis barrio bravo y peligroso. Para los vecinos, un punto de encuentro. Para Mendoza, la universidad de la política verdadera.

He estado ahí. He visto cómo la gente llega con el sol a cuestas, con el termo de café y las piernas cansadas de la semana. No buscan a un líder mesiánico; buscan a alguien que les sepa decir “eso que te pasa no es culpa tuya, es culpa de un sistema que te olvida”. Y Alfredo habla el mismo idioma de quien ha sudado en el transporte público y ha hecho fila en el seguro.

 

Mientras los alcaldes de turno —los mismos que prometen bacheo y entregan boletines— se esconden detrás de sus voceros, Mendoza hace política de las entrañas. Él no solo propone. Él hace. Cuando una familia pierde el techo, él no le da un folio, él organiza una cuadrilla de vecinos para levantar una pared. Cuando una madre de familia no alcanza a pagar la despensa, él no le ofrece una tarjeta clientelar, le organiza una colecta en común. Cuando el agua no llega, él no promete un pozo, sino que enseña a gestionar el servicio para la comunidad y enseña los derechos del pueblo para exigir.

Construye comunidad en un municipio donde los partidos han secado la solidaridad. Y esa es su herejía mayor: demostrar que el poder no está en las urnas compradas, sino en las manos que se juntan para levantar lo caído.

 

Lo que conmueve de Alfredo Mendoza no es su carisma (que lo tiene), sino su coherencia. Él no llegó a la política por una candidatura; llegó porque en Santiago Tepalcapa le dolió ver a sus vecinos pagar las consecuencias de una clase política que vive en fraccionamientos privados. Y su Frente Social Amplio no es un partido más: es una red de afectos y rebeldías, un andamio popular que sostiene lo que los gobiernos dejan caer.

 

Mientras escribo esto, recuerdo la última asamblea en el Gallinero. Un señor de unos sesenta años, con la espalda encorvada por el trabajo en la construcción, tomó la palabra: “Alfredo, tú eres el único que no nos ha pedido nada a cambio. Los otros vienen cada tres años, nos toman la foto y se van. Tú te quedas a tomar café con los que no tenemos ni para el azúcar”. Mendoza no lloró, pero se le quebró la voz al responder: “Porque yo soy de aquí. Y aquí me pudro o aquí florezco con ustedes”.

Esa es la política que no sale en los noticieros. La que no negocia con el crimen ni se codea con los empresarios voraces. La que no pide permiso para organizarse. Y por eso mismo, la que más miedo les da a los poderosos.

 

Hoy, cuando Cuautitlán Izcalli sangra por la inseguridad, la corrupción y el abandono, figuras como Alfredo Mendoza nos devuelven una esperanza incómoda: la de que otro mundo es posible, y empieza en un “Gallinero” los sábados por la mañana. No sabemos si llegará a gobernar —el sistema no está diseñado para que los de abajo ganen—, pero lo que sí sabemos es que ya gobierna de facto el corazón de un pueblo que encontró en él un eco y no un eco de poder.

 

La pregunta no es si Alfredo Mendoza será candidato. La pregunta es: ¿estaremos dispuestos a apoyar a un hombre que hace política con las tripas y no con el estómago lleno? Porque si la respuesta es sí, quizás este municipio y esta región, tengan todavía una última oportunidad: la de ser gobernados por alguien que, antes que político, es vecino.

Desde el Gallinero, donde la esperanza tiene olor a tierra y a lucha.