DOCTOR CABRITO VUDÚ

DOCTOR CABRITO VUDÚ

Por Arturo Vázquez Núñez*

MI sangre estaba maldita.

Por esa razón el vampiro electromagnético no deseaba tomarla. Estaba tan asustado porque además de él, ningún monstruo conocido o desconocido quería atacarme ni siquiera con insultos, así que busqué limpiarla. Lo primero que intenté fueron unas sesiones tremendas de vodka, después una bacanal de morfina. Sin embargo, mi sangre seguía maldita. Era imposible mantenerme de esa forma. Me encontraba tan deprimido que compré un periódico con la intención de conseguir un empleo adecuado a mi veleidad sin embargo lo que encontré fue el anuncio que podría salvar mi vida:

 

                                  DOCTOR CABRITO VUDÚ.

                                               Médico brujo.

    Sonsaco muertos terrenales para intensa relación con  todo tipo de espíritus chocarreros. Hago amarres al otro  mundo. Libero su sangre de maldiciones.

                          RESULTADOS GARANTIZADOS.

Así que de inmediato memoricé el número telefónico y la dirección la cual no era tan difícil ubicarla porque en otra vida había estado muy cerca de ella: Calle Limbo sin número, colonia Eternidad Castrante, código postal 666, Municipio Infierno Celestial. Así que una vez memorizada me encaminé al lugar indicado por estas avenidas y calles no solo olvidadas por sus transeúntes sin identidad, sino por todas las deidades.

Después de muchas eternidades caminando al final llegué al consultorio. El Doctor Cabrito Vudú estaba a mitad de un conjuro para lograr un amarre entre un cadáver terrenal y un espíritu chocarrero, según me lo informó, una cabeza reducida que hacía la función de portero. Me acerqué al mostrador. Buenas tardes, dijo la gallina negra que la hacía de recepcionista. Buenas tardes, contesté. Vengo con el Doctor Cabrito Vudú, dije. ¿Cuál es su problema?, respondió la gallina negra mientras daba un picotazo a su maíz transgénico. Tengo la sangre maldita, el vampiro electromagnético y ningún monstruo conocido o desconocido quiere beberla, le dije. Entiendo, contestó la gallina dando otro picotazo a su maíz transgénico. ¿Cuál es su nombre?, preguntó. Soy Artorius, le respondí. Artorius, perfecto, tome asiento en un momento le llamaremos. Y me entregó mi turno. Era el 1357846228.22 pero no me importaba, lo único que me interesaba en ese momento era limpiar mi sangre. Así que esperé y esperé y esperé y esperé y seguí esperando. Durante la espera ví salir a un lobo asustado por una caperuza, a un gigante con un terrible desorden alimenticio al querer acabar con todos los  frijoles del universo, a Gretel con severos sentimientos de culpa por haber asesinado de forma dolosa a la bruja esposa de su hermano Hansel a quien también había asesinado de forma culposa, a una sirenita bastante anciana que buscaba le restituyeran la cola porque había encontrado al príncipe en romántico desliz haciendo un trío con el jefe de su guardia personal y un tritón berraco.

Así que esperé y esperé y esperé y esperé y seguí esperando.

Estuve a punto de claudicar cuando dos eternidades y veinte cadenas perpetuas después escuché, turno 1357846228.22 señor Artorius, el Doctor Cabrito Vudú lo está esperando.

Una vez ingresado en el consultorio el Doctor Cabrito Vudú me revisó, ayyyyy hijo de la chingada, señor Artorius usted tiene la sangre bien maldita. Así es Doctor Cabrito Vudú, le respondí, por eso le he venido a ver, no se me angustié, me respondió, va a ver que con un buen tratamiento a usted no solo lo va a querer chupar el vampiro electromagnético, hasta la bruja de Endor va a querer un poco de su sangre. Gracias Doctor, le respondí, es que estoy tan preocupado con eso porque fíjese hace algunos siglos a un vecino que era enano de Blancanieves le llegó un nutrido grupo de murciélagos de noches cabareteras y lo vaciaron de su sangre, se veía tan rozagante con su mortandad y palidez que me generó un poco de envidia. No se me preocupe Señor Artorius ha caído usted en las patas correctas, me contestó.

Así que inició el ritual. chechechechachachacha y me pasaba un huevo de velociraptor  por el cuerpo, chechechechachacha y me untaba el bálsamo logrado con el sudor de algún santo combinado con las lágrimas de María de Magdala, chechechechachacha y quemaba en un brasero los maderos que le habían sobrado a un hereje condenado a la hoguera en un auto de fe y los tablones del camastro de Tomás de Torquemada.

Chechechechachacha auauauauiaaaaaghhhhh dos golpes con un domingo de Ramos y de remate un pulque curado de espantos y por fin mi sangre dejó de estar maldita.

Listo Señor Artorius, ahora sí está listo para que lo chupe el vampiro electromagnético. Gracias Doctor Cabrito Vudú ¿cuánto le debo?, le pregunté. Ahhh, es casi nada, solo debe darme su alma. ¿Eso es todo?, le pregunté. Si, eso es todo, me contestó. Perfecto, aquí la tiene doctor, le respondí de inmediato, y vi como el Doctor Cabrito Vudú después de tomarla la guardó en un anaquel donde pude observar que tenía otras almas en pena.

Salí de ahí, renovado, mirando con nuevos ojos a la muerte. Así que una vez en la calle me dispuse a probar suerte. Y esperé y esperé y esperé y esperé y seguí esperando a que el vampiro electromagnético o algún monstruo conocido o desconocido quisiera beber mi sangre. Nadie se acercó. Así que decidido a que mi sangre fuera tomada me dirigí a una sucursal bancaria. Vengo a contratar un crédito hipotecario, dije, y una rata de alcantarilla que la hacía de ejecutivo de cuenta al verme desorbitó los ojos al mismo tiempo que me decía, pase, sabe que estamos para servirle, siempre es un placer poder atenderle.

Cuando salí de la sucursal bancaria tenía adherida al cuerpo una sanguijuela eléctrica y un contrato que cláusulas más cláusulas menos decía: “Esta sanguijuela eléctrica le estará chupando la sangre las próximas 100 mil eternidades”.

Pero que importaba, estaba feliz, mi sangre al fin servía para algo.

Autor: *Arturo Vázquez Núñez. Discente en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México. Licenciado en Contaduría Pública por el Instituto Politécnico Nacional.

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