Por Fernando Elías
La espera bajo el agua
El agua no pregunta si los trámites ya se iniciaron. Cuando se mete en las casas, lo hace sin aviso ni protocolo.
En septiembre de 2011, en las colonias bajas de Villahermosa, Tabasco, los vecinos veían pasar las lanchas de Protección Civil como quien ve pasar el tiempo. En los altavoces se prometían apoyos del Fondo de Desastres Naturales (FONDEN), el gran invento de los gobiernos neoliberales para atender emergencias. Pero pasaron las semanas y los días hábiles —esos 42 que el FONDEN exigía para liberar recursos— se hicieron eternos.
“Nos dijeron que teníamos que esperar a que el gobierno estatal pusiera su parte, que era el 50 por ciento”, recuerda don Isidro Gómez, pescador jubilado que perdió su casa en esas inundaciones. “Pero el dinero nunca llegó. Nos decían que faltaban papeles, firmas, peritajes… y nosotros durmiendo sobre tablas.”
El FONDEN nació, oficialmente, para responder con eficiencia y técnica ante los desastres. En la práctica, fue un fondo de desesperanza, un laberinto de oficios, sellos y complicidades donde el tiempo de la gente valía menos que el papeleo.

El origen: un hijo del neoliberalismo
El FONDEN se creó en los años noventa, cuando México abrazaba con entusiasmo el modelo neoliberal. Era la época en que los fideicomisos se multiplicaban como hongos, presentados como fórmulas modernas para “despolitizar” la gestión pública. En realidad, se trataba de mecanismos paralelos de poder, donde el dinero público se administraba sin contrapesos, lejos de la mirada ciudadana.
Durante tres sexenios, el FONDEN se convirtió en una estructura reactiva y costosa, según ha documentado la Secretaría de Anticorrupción y Buen Gobierno. La liberación de recursos tardaba casi dos meses. Los estados tenían que aportar la mitad del dinero. Y nadie —ni damnificados ni sociedad civil— sabía a ciencia cierta en qué se gastaba.
Raquel Buenrostro Sánchez, actual titular de esa Secretaría, lo resumió con crudeza en una de las recientes conferencias matutinas encabezadas por la presidenta Claudia Sheinbaum:
“El FONDEN fue un símbolo del viejo régimen: burocrático, ineficiente y profundamente corrupto. No garantizaba apoyo ni transparencia. Garantizaba contratos.”

Los años del saqueo
La historia del FONDEN podría contarse como una crónica de abusos sexenales. Cada administración dejó su propia huella de irregularidades.
En 2005, durante el gobierno de Vicente Fox Quesada, la Auditoría Superior de la Federación detectó compras de medicamentos con sobreprecios de hasta 375 por ciento. La Coordinadora Nacional de Protección Civil renunció en medio del escándalo. Nadie fue a la cárcel.
Con Felipe Calderón, la corrupción se sofisticó. En 2011, el entonces gobernador de Tabasco, Andrés Granier, usó 215 millones de pesos del FONDEN para tapar un déficit financiero estatal. En lugar de reconstruir caminos y viviendas, el dinero sirvió para pagar telefonía, vales y consultorías. Dos años después, Granier fue detenido por peculado. Para entonces, la mitad de las comunidades afectadas seguían sin puente, sin escuela, sin casa.
En 2013, bajo Enrique Peña Nieto, los huracanes Ingrid y Manuel arrasaron el sur y el occidente del país. Se autorizaron 120 millones de pesos para obras, pero la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano gastó 445 millones. Los retrasos en la reconstrucción fueron de hasta 119 días.
Y luego vinieron los sismos de 2017. Entre el polvo y las ruinas, el FONDEN volvió a mostrar su rostro más cruel: el de la simulación. De las más de 170 mil viviendas dañadas, solo se revisó el 35%. Las familias esperaron meses. Algunas recibieron apoyos incompletos. Otras, nada.
“Nos decían que el recurso estaba en trámite”, cuenta María Antonia, vecina de Jojutla, Morelos. “El trámite tardó tanto que ya había pasado otro temblor.”

2018: el año del exceso y del final
En 2018, año electoral, el FONDEN gastó como nunca antes: 59 mil 606 millones de pesos, según datos oficiales. Ese mismo año, se declararon 46 emergencias por olas de calor, algo inédito. Los recursos —427 millones de pesos— se concentraron en unas pocas regiones.
Era el canto del cisne de un sistema que se sabía acabado. Con la llegada de Andrés Manuel López Obrador, el nuevo gobierno emprendió una reforma estructural: la eliminación del FONDEN y de decenas de fideicomisos usados como cajas negras.
Los críticos hablaron de “improvisación” y “vacío institucional”. Pero la decisión respondía a una premisa simple: si la ayuda no llega a la gente, no sirve.
El nuevo modelo: del escritorio al territorio
El cambio se notó en el terreno. Con el huracán Otis en 2023, que devastó Acapulco y otras zonas de Guerrero, la respuesta federal fue inmediata. Brigadas del bienestar, médicos, ingenieros militares y servidores públicos llegaron sin esperar autorizaciones de fideicomisos. En menos de una semana se había atendido a más de 300 mil personas.
Un año después, durante el huracán John, fueron 143 mil 484 los beneficiarios directos. Con Erick, en 2024, 59 mil 512. Los apoyos se entregaron casa por casa, sin intermediarios.
“Por primera vez, el gobierno no vino a tomarse la foto. Vino a ayudar”, dice Rosa Elena Torres, comerciante de Coyuca de Benítez, mientras muestra los materiales de reconstrucción que recibió directamente. “No hubo que firmar nada, no hubo que esperar 42 días. Solo vino la gente del bienestar, apuntó y al rato llegaron los camiones.”

“Las Mañaneras del Pueblo”: rendición de cuentas en tiempo real
Desde el inicio del sexenio de Claudia Sheinbaum, el tema ha vuelto a la conversación pública. En las conferencias matutinas —ahora llamadas “Las Mañaneras del Pueblo”— la presidenta ha defendido la continuidad del modelo de apoyo directo y la transparencia total en los procesos de emergencia.
Ahí, la Secretaría de Anticorrupción y Buen Gobierno presentó un informe demoledor sobre el FONDEN: corrupción sistemática, recursos desaparecidos, compras infladas, triangulaciones y retrasos que costaron vidas.
“La diferencia entre el viejo y el nuevo modelo”, dijo Buenrostro, “no es solo administrativa, es ética. Antes el dinero del pueblo servía para hacer negocios. Hoy, el dinero del pueblo sirve al pueblo.”
Cuando la burocracia era otro desastre
En México, los desastres naturales son inevitables; los desastres institucionales, no. Durante años, el FONDEN representó esa segunda tragedia: la de la burocracia que llega después del huracán, que pide papeles a quienes perdieron hasta sus papeles.
La eliminación del FONDEN no fue solo un cambio de estructura financiera. Fue una declaración política: romper con la lógica de la espera, de la gestión sin rostro, del dinero que se pierde en el aire.
Hoy, el modelo de atención directa no está exento de desafíos —la logística, la verificación, la transparencia digital—, pero ha devuelto algo esencial: la confianza en que la ayuda existe y puede llegar sin padrinos.

El país que aprendió a no esperar
Al final, los huracanes y los sismos no distinguen ideologías. Pero sí las enfrentan. El México que durante décadas esperó 42 días para recibir auxilio hoy entiende que la solidaridad no puede subcontratarse.
En la casa reconstruida de don Isidro, en Tabasco, el agua ya no llega al techo. “Esta vez vinieron al tercer día”, dice. “Ni me lo creía. Pensé que era otra promesa.”
Tal vez ese sea el verdadero cambio: que el pueblo empiece a creer —y comprobar— que el gobierno puede estar de su lado, no del otro lado del mostrador.










