Morena y la disputa por la hegemonía:

Por Fernando Elías

Entre la construcción del poder popular y la tentación de la maquinaria electoral

La hegemonía en disputa

Toda transformación histórica, como advertía Antonio Gramsci, se libra en el terreno de la hegemonía, es decir, en la disputa por el sentido común de las clases subalternas y su articulación en un bloque histórico que exprese los intereses del pueblo trabajador. Hoy, en México, esa lucha se expresa dentro del propio partido que encabeza el proceso político más importante de las últimas décadas: Morena.

Morena no nació como un partido tradicional. Fue concebido como un movimiento popular, una herramienta para la emancipación política del pueblo, y no únicamente como una plataforma electoral. Sin embargo, a medida que ha conquistado espacios de poder, desde la Presidencia hasta miles de municipios, su interior se ha llenado de tensiones entre dos proyectos:

  1. El proyecto militante-popular, heredero de las luchas sociales, sindicales y comunitarias, que busca hacer de Morena un instrumento de poder colectivo, orientado por un programa ideológico y ético.
  2. El proyecto tecnocrático-electoral, impulsado en buena medida por sectores provenientes del PRI, de socialdemócratas modelados por el neoliberalismo y otras élites políticas recicladas, que conciben al partido como una maquinaria electoral cuyo fin último es ganar elecciones “como sea”, subordinando el proyecto ideológico a la lógica del poder institucional.

Del Movimiento al Aparato: La contradicción interna

Gramsci advertía que toda fuerza popular corre el riesgo de ser absorbida por el Estado cuando, en lugar de transformarlo, termina adaptándose a sus lógicas. En Morena, esta contradicción se expresa con claridad.

Los militantes de origen popular intentan repolitizar la práctica, devolviendo el protagonismo a las bases, a los comités, a los círculos de formación y a la deliberación colectiva. Su horizonte es un poder popular que no solo vote, sino que decida, que impulse políticas públicas enraizadas en las necesidades concretas de la gente.

Del otro lado, los grupos provenientes del viejo régimen —los expriistas funcionales al sistema— promueven una concepción instrumental del poder, donde el partido es un vehículo para cargos, no para ideas; donde la política se mide en encuestas y no en conciencia; y donde el objetivo es la victoria inmediata, aunque ello suponga la pérdida de horizonte histórico.

Esta tensión no es menor: de su desenlace depende el carácter del proyecto de nación que se construya en los próximos treinta años.

La Transformación en su encrucijada ideológica

La llamada Cuarta Transformación se encuentra en una etapa crítica. Ha logrado redistribuir recursos, ampliar derechos y construir una narrativa nacional popular basada en la justicia social y la soberanía. Pero todo proceso de cambio corre el riesgo de institucionalizarse sin transformarse.

El reto hoy no es solo conservar el poder político, sino profundizar la conciencia del poder popular. El Estado puede volverse una estructura vacía si no se sostiene en una base social organizada y politizada. El futuro ideológico de la 4T dependerá de si Morena mantiene viva su raíz popular o si se convierte en una nueva clase dirigente, distanciada de las mayorías.

Frente a una derecha panista radicalizada, cada vez más influida por las estrategias de la ultraderecha internacional —neofascismo, desinformación digital, discurso moralista y antiderechos—, Morena debe responder no con concesiones ni moderación tecnocrática, sino con más pueblo, más organización, más ideología.

Los gobiernos municipales: el eslabón débil del segundo piso

En la arquitectura del “segundo piso” de la Cuarta Transformación, los gobiernos municipales son el punto más débil. Son, paradójicamente, la instancia de poder más cercana al pueblo y, a la vez, la menos preparada para traducir el proyecto nacional en políticas locales coherentes.

Muchos gobiernos municipales de Morena no han comprendido que la transformación no se decreta desde arriba, sino que se construye desde el territorio. La desconexión entre las políticas federales de bienestar y las decisiones locales, como el aumento del precio del transporte, la construcción de viviendas sin servicios básicos o la falta de planeación urbana, genera una ruptura entre discurso y práctica, que alimenta la desconfianza ciudadana.

No se trata solamente de detener la construcción de un Centro de Distribución Logística (CEDIS) para hacer reels de facebook o tik toks de mala manofactura como en el municipio de Cuautitlán  o tratar de congraciarse con la federación donando predios para edificar viviendas para el pueblo sin tener resueltas las condiciones de infraestructura que permitan un desarrollo con bienestar tanto para quienes llegan como para la población que ya reside en esos lugares, como sucede en Cuautitlán Izcalli.

En estos municipios ya no es suficiente con mal bachear o mal administrar, se requiere una revisión integral a los planes de desarrollo urbano y el diseño de un plan integral de movilidad que contemple: Accesibilidad; Sistemas de transporte; Diseño y planificación urbana; Infraestructura vial; Infraestructura para peatones y ciclistas.

Porque cada error local erosiona simbólicamente la legitimidad del proyecto nacional. Por eso, la tarea no es únicamente administrativa gerencial, sino política: repolitizar la gestión municipal y devolverle su sentido comunitario.

Hacia una hegemonía moral e intelectual del pueblo

Gramsci decía que la hegemonía no se impone: se construye mediante una dirección moral e intelectual, basada en el consenso activo de las clases populares. En este sentido, la disputa interna de Morena no puede resolverse con disciplinamiento ni purgas burocráticas, sino con formación política, debate ideológico y construcción de cuadros populares.

El verdadero enemigo de la transformación no es la crítica interna, sino el vaciamiento ideológico. Sin conciencia, la 4T podría reducirse a un proyecto administrativo de redistribución sin emancipación.

Morena tiene ante sí una disyuntiva histórica:

  • O consolida su papel como partido-movimiento, enraizado en el pueblo y capaz de generar una nueva hegemonía popular y democrática;
  • O se convierte en una nueva maquinaria electoral, domesticada por los viejos métodos del poder y ajena a la voluntad transformadora que le dio origen.

O profundizamos la transformación o la perdemos

La lucha por la hegemonía dentro de Morena no es una batalla interna menor: es la lucha por el alma misma del proyecto de la Cuarta Transformación. La historia enseña que los procesos de cambio que no se consolidan cultural y orgánicamente terminan siendo absorbidos por aquello que buscaban transformar.

La tarea de la militancia de izquierda, de los cuadros formados en la lucha popular, es mantener viva la llama del pensamiento crítico, disputar el sentido común dentro del partido y, sobre todo, en la sociedad.

El futuro del país no se decidirá solo en las urnas, sino en la capacidad del pueblo de convertirse en sujeto histórico consciente, capaz de dirigir su propio destino.

Como diría Gramsci:

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”

La responsabilidad de Morena es evitar que los monstruos del pasado vuelvan a ocupar el lugar del pueblo.