Por Fernando Elías
Compañeras, compañeros, compañerasos:
Les hablo con el corazón cubierto de dignidad, porque así se ve mejor lo que somos cuando desaparece el yo y aparece el nosotros.
A nombre del Colectivo Conciencia y Transformación quiero dar las gracias a todas y todos los que hicieron posible que el 8º aniversario del Frente Social Amplio Alfredo Mendoza A.C. no fuera sólo un festejo, sino una muestra viva de lo que significa el poder del pueblo organizado.
Dicen que cuando el pueblo se junta a festejar, tiembla el suelo. No por el ruido, sino porque la tierra reconoce a sus hijas e hijos. Así fue en este octavo aniversario del Frente Social Amplio, la tierra nos sonrió porque supo que no era una fiesta cualquiera, sino un acto de memoria y dignidad.
Gracias a quienes trajeron sus guisos, sus mejores guisos, sus tortillas, sus panes, sus frijoles, todos esos antojitos y sabores que guardan la memoria de nuestras abuelas, porque cada platillo fue un pedazo de historia compartida, un abrazo hecho comida en esa mesa compartida en la que nadie quedó fuera y nos recordó que el alimento compartido es semilla de comunidad.
Gracias a las y los artistas que, sin pedir nada, nos regalaron su palabra, su canto, su música, su danza y su creatividad. Nos recordaron que el arte también es arma y abrazo, espejo donde el pueblo se reconoce.
Artistas que saben que el arte es semilla: se siembra en el corazón del pueblo y florece en resistencia.
Gracias a los más de setecientos fuegos del corazón que latieron al unísono en este encuentro, que se reunieron con respeto, orden y solidaridad, sin desordenar, sin ensuciar la alegría. Porque donde algunos esperaban desorden, hubo organización; donde algunos quisieron ver división, encontraron unidad.
Porque cuando el pueblo se organiza, la multitud no es amenaza: es orden solidario, es río que camina sin desbordarse, pero que arrastra lo viejo e inútil.
Y sí, hubo intentos de la gerencia municipal autoritaria por detener este encuentro, que quisieron apagar la vela, detener la música, silenciar la risa. Pero el viento de abajo no se deja encerrar en oficinas ni decretos. Lo intentaron, y fallaron, porque cuando la dignidad celebra, no hay muro que la contenga. Demostramos que nuestra lucha no pide permiso y que la alegría también es resistencia.
Por eso este aniversario fue una lección para quienes aún dudan: que la comunidad no se decreta desde arriba, se construye desde abajo, desde los barrios, colonias, pueblos y unidades habitacionales. Ahí donde el egoísmo se convierte en solidaridad, donde el individuo se convierte en colectivo, donde lo pequeño se vuelve grande porque está acompañado.
Y les digo: lo que vivimos no fue sólo un festejo, fue un ensayo del mundo nuevo que estamos construyendo. Ese mundo donde el poder no es para mandar, sino para servir; donde la dignidad no es discurso, sino práctica cotidiana; donde el amor al pueblo se demuestra compartiendo, resistiendo y organizándose
Lo que hicimos juntas y juntos fue mostrar que la comunidad se construye desde abajo, en la esquina del barrio, en la plaza del pueblo, en las unidades habitacionales donde los niños corren y las abuelas aconsejan. Ahí donde el egoísmo se deshace en el fuego de la olla compartida, y nace la solidaridad que hermana.
Este aniversario no fue sólo recuerdo: fue un espejo. Y en ese espejo vimos lo que somos y lo que podemos ser: un pueblo que transforma la soledad en compañía, la imposición en libertad, la tristeza en baile.
Gracias, pues, a todas y todos. Gracias por mostrarnos que la verdadera victoria no es la que se grita desde arriba, sino la que se celebra desde abajo, con alegría, ternura y rebeldía. Porque lo que vivimos fue prueba de que otro mundo no sólo es posible: ya lo estamos ensayando, ya lo estamos viviendo.
Con respeto, con alegría y con rebeldía, desde el corazón colectivo y compartido, apenas un eco del nosotros que somos.









