Por: Fernando Elías
En las últimas décadas, México ha atravesado un profundo proceso de reconfiguración política, cuyo punto más alto fue la llegada de Morena al poder en 2018. El partido-movimiento, fundado sobre las bases del descontento popular y la lucha contra la corrupción y la desigualdad, agrupó a millones de ciudadanos con la promesa de una auténtica regeneración de la vida pública. Sin embargo, en este proceso de ascenso, también ha enfrentado contradicciones internas, siendo una de las más visibles —y preocupantes— la transformación en la conducta de muchos de sus integrantes al momento de acceder a cargos públicos.
Desde hace años, muchas personas se han sumado a Morena con la esperanza de transformar el país. La gran mayoría lo han hecho con entusiasmo, con una identidad forjada en la lucha social, y bajo principios como “no mentir, no robar, no traicionar”.
Hay otros que se “suman” al movimiento por mero interés económico o laboral, mintiendo sobre sus convicciones y casi siempre sin conocimiento de las áreas a las que son designados. De ellos se entiende su cambio de personalidad porque nunca han tenido como objetivo transformar instituciones sino, por el contrario, mantenerlas como están porque así mantienen intactos sus intereses.
Pero con los primeros, algo sucede en el camino —y cada vez es más evidente— cuando esos mismos compañeros acceden a cargos públicos: su conducta cambia. Se alejan de las bases, asumen actitudes autoritarias o tecnócratas, y en muchos casos, se diluye todo aquello que los movió a participar en primer lugar.
No es un secreto ni una exageración. Es cada vez más común escuchar en las comunidades, en las organizaciones sociales o incluso dentro del propio partido, frases como: “Ese compañero cambió cuando llegó al cargo”, “Ya no nos recibe”, “Ahora sólo escucha a los de arriba”, o “Está rodeado de aduladores”. Y la pregunta se impone con fuerza: ¿Por qué tantos compañeros de Morena cambian radicalmente cuando asumen un puesto público?
La pregunta que nos toca hacer con honestidad es: ¿por qué ocurre este cambio?
Para responder, es necesario ir más allá de la crítica moral y adentrarnos en las causas estructurales, sociológicas, políticas y psicológicas que alimentan este fenómeno.
Falta de formación política
El crecimiento vertiginoso de Morena como fuerza electoral implicó abrir las puertas a miles de personas sin un proceso previo de formación política ni ideológica. A diferencia de movimientos históricos que cultivaban cuadros a lo largo de años en círculos de estudio, trabajo de base y organización popular, muchos militantes y simpatizantes actuales se integraron en coyunturas electorales o a partir de liderazgos locales oportunistas.
Muchos cuadros que llegan a la administración pública, lo hacen sin una formación ideológica sólida. No entienden a profundidad el proyecto histórico que Morena representa. En algunos casos, su acercamiento fue meramente electoral, emocional o coyuntural, sin pasar por un proceso de conciencia crítica. Esto los vuelve frágiles ante las lógicas tradicionales del poder, y los hace adoptar rápidamente prácticas que antes criticaban.
Se desconoce la historia de las luchas sociales que dieron origen al movimiento.
Se reproduce una visión superficial del poder como herramienta de “cambio”, sin comprender su funcionamiento real ni sus riesgos.
Se pierde la capacidad de sostener principios éticos y estratégicos frente a las presiones institucionales o personales.
El resultado: funcionarios que no distinguen que hay diferencia entre gobernar con el pueblo y mandar sobre él.
Compromiso social superficial
Muchos compañeros llegaron a Morena por indignación legítima o por identificación con el presidente López Obrador. Sin embargo, no todos desarrollaron un compromiso social estructurado, es decir, una disposición real de poner su trabajo, tiempo y convicciones al servicio de las comunidades más vulnerables.
Ser originario de un barrio popular o simpatizar con las causas sociales no garantiza un compromiso ético auténtico. El verdadero compromiso se demuestra cuando se tiene poder y se usa en favor de los demás, no cuando se reproduce el mismo modelo de privilegios que supuestamente veníamos a combatir. Lamentablemente, muchos compañeros confunden el cargo con el premio, no con la responsabilidad.
Inexperiencia profesional
No se puede hablar del fenómeno sin mencionar un factor técnico y estructural: la falta de experiencia laboral, administrativa y política de muchos funcionarios. Morena apostó, en parte acertadamente, por darle espacio a ciudadanos comunes.
El acceso al poder por parte de ciudadanos comunes puede ser una forma de democratizar la política, pero también implica riesgos si no hay preparación. La falta de experiencia en administración pública, gestión o resolución de conflictos suele llevar a la improvisación, el autoritarismo o la dependencia de asesores que no comparten la visión del movimiento.
Eso se hace más evidente en las áreas de Comunicación Social, pero no es la única, cuando se tiene a personas con capacidad intelectual limitada y con iniciativa reducen la transformación a una consigna porque no entienden lo que significa la comunicación, convierten la política de comunicación social en meme, limitan la comunicación del pueblo a un comentario o un like, creyendo que eso es innovación gubernamental, peor aún, reproducen los esquemas prianistas de la comunicación entendida como relaciones públicas, manifestando así su ignorancia.
Eso es lo que ocurre en la comunicación social de los municipios de Cuautitlán, Cuautitlán Izcalli, Teoloyucan, Tepotzotlán y muchos más que se han convertido en la comunicación del meme, igual que sus presidentes municipales.
Al final esa falta de capacitación y ausencia de una política de comunicación social transformadora, no sólo afecta la eficacia del gobierno: transforma la forma de ser del funcionario, quien empieza a actuar más como parte del aparato que como representante de una transformación.
Generando, además una profunda inseguridad en el gerente municipal, que se expresa de varias maneras:
Reproducción mecánica de los viejos modelos administrativos.
Subordinación a burócratas de carrera que ya dominan el sistema.
Delegación ciega en asesores que imponen su lógica tecnocrática.
Rigidez para escuchar a las bases, ante el temor de parecer “débiles”.
El efecto psicológico del poder
Desde la psicología política sabemos que el poder puede cambiar a las personas, sobre todo si no han desarrollado madurez emocional ni conciencia de sus límites.
Por supuesto que cuando asumen un cargo sin la capacidad para ejercerlo ya tenemos un primer gran problema de ética y responsabilidad.
El poder aísla, seduce, y hace sentir impune. Lo más peligroso es que muchos justifican sus actos con frases como “lo hago por el bien del proyecto”, cuando en realidad ya están actuando contra él.
Porque cuando una persona no ha desarrollado una conciencia crítica de sí misma, ni ha pasado por procesos de humildad colectiva o autolimitación ética, el poder actúa como un amplificador de los peores rasgos personales. El funcionario empieza a rodearse de personas que lo alaban, a evitar el disenso, a reaccionar con irritación ante las críticas, y a justificar cualquier decisión con el argumento de que “está haciendo lo correcto”.
Se instala así un fenómeno de disonancia cognitiva: el funcionario se convence de que sigue siendo el mismo, aunque su práctica demuestre lo contrario. Se traiciona sin darse cuenta.
La cooptación institucional
No podemos ignorar que la administración pública mexicana tiene una larga historia de corrupción, simulación y verticalismo. Cuando un compañero entra a esa estructura sin una brújula ética clara y sin respaldo colectivo, el sistema lo absorbe. Se normalizan las prácticas, se aceptan las reglas del juego, y lo que parecía excepcional se vuelve rutina.
La inercia del sistema se impone: los protocolos burocráticos, las presiones presupuestarias, las alianzas políticas, la lógica electoral. Y la frase “así se hacen las cosas aquí” reemplaza el “vamos a hacer las cosas de otra forma”.
De esa manera sus “luchas-intereses” personales se convierten en el centro de su universo, impidiendo ver los objetivos y las responsabilidades que tiene un gobierno municipal con el movimiento porque son el primer contacto del pueblo con la transformación.
¿Qué hacer?
No se trata de señalar con el dedo ni de caer en el cinismo. Se trata de entender que la transformación verdadera no se decreta, se construye. Morena necesita con urgencia acuerdos para que los candidatos, presidentes municipales, cuerpos edilicios abran los espacios de la administración pública a los cuadros formados por el Instituto de Formación Política del partido, establecer mecanismos internos de rendición de cuentas, y una reconexión permanente con las bases, pero no en forma de meme.
Si el partido deja de lado su responsabilidad de nutrir de nuevos cuadros a los gobiernos emanados del movimiento y si no vigila de manera institucional a quienes gobiernan en su nombre, terminará reproduciendo lo mismo que decía combatir.
Algunas propuestas concretas:
Obligar a que los candidatos electos tomen en cuenta los cuadros formados en el Instituto de Formación Política del partido, con un porcentaje obligatorio y permanente para profesionalizar con principios transformadores los espacios de gobierno.
Establecer mecanismos internos de evaluación ética y comunitaria, donde las bases puedan emitir observaciones sobre el comportamiento de sus representantes.
Promover la rotación de cuadros y la rendición de cuentas sistemática.
Incentivar espacios de reflexión y autocrítica, donde el poder no sea una zona de confort sino un ejercicio de responsabilidad colectiva.
Fortalecer los vínculos entre los funcionarios y las comunidades que los eligieron, no sólo en tiempos electorales.

Una reflexión final
El poder no revela quién eres: lo amplifica.
Si no llegamos al poder con convicciones firmes, conocimiento técnico y humildad ética, lo más probable es que el poder no cambie, pero si nos cambie. Y no para bien.
La Cuarta Transformación no será verdadera si sólo es de nombre.
Necesita transformarnos primero a nosotros.









