El búmeran del odio: cómo la oposición mexicana se daña a sí misma.
Por Fernando Elías
La acumulación genera miedos; miedo a no tener, miedo a perder, miedo a no ser, miedo a no estar y cuando tienes miedo actúas de manera irracional y te confrontas con quienes crees que pretenden quitarte lo que consideras tuyo.
Tu miedo a perder privilegios, recursos o estatus de los que te consideras merecedor y la impotencia de sentir que nadie te representa en la lucha por mantener esos privilegios, hace que actúes con odio.

En la arena política mexicana, el discurso de odio ha dejado de ser un fenómeno periférico para convertirse en una constante que moldea, fractura y radicaliza. Si bien es evidente que las campañas electorales han contribuido activamente a la polarización, hay un aspecto que rara vez se discute con la misma honestidad: la forma en que sectores de la oposición replican esos mismos métodos destructivos. Y lo que es peor, cómo terminan siendo sus propias víctimas.
Un odio que se disfraza de razón.
Desde 2018, una parte importante de la oposición ha centrado su discurso en una descalificación radical del oficialismo. Las redes sociales están plagadas de comentarios donde se tilda a los votantes del gobierno de “ignorantes”, “manipulados”, “flojos”, “vendidos por una despensa” o en las pasadas elecciones del poder judicial “cómo van a saber elegir entre tantos nombres”, “si yo no pude leer tantos cv’s cómo los chairos que no saben ni leer van a hacerlo”. Esta narrativa, aunque envuelta en un supuesto manto de “racionalidad” o “superioridad moral”, no deja de ser profundamente clasista y discriminatoria.
No se trata solo de críticas legítimas al gobierno, que sin duda puede haber, sino de una retórica que deshumaniza, que ve al otro no como adversario político, sino como enemigo social.
Las consecuencias para la propia oposición.
Este discurso no solo erosiona el tejido democrático, también socava las posibilidades de la oposición misma. La furia puede cohesionar a los más radicales, pero no construye mayorías. Las elecciones no se ganan solo con los convencidos.
- Pérdida de legitimidad moral.
Una oposición que insulta y desprecia a los sectores populares pierde autoridad ética. No se puede exigir respeto si no se está dispuesto a ofrecerlo. No se puede combatir la diferencia con prepotencia.
- Fragmentación interna.
El radicalismo verbal genera purgas simbólicas dentro de la misma oposición. Se descalifica a los moderados, a los que tienden puentes, a los que cuestionan las estrategias. Así, se reduce el pluralismo y se impide la construcción de alianzas amplias.
- Distanciamiento del pueblo.
No se puede aspirar a representar a una nación cuando se desprecia a buena parte de su gente. El clasismo implícito en muchos discursos opositores refuerza el vínculo emocional que sectores populares tienen con el actual gobierno. El resultado: más polarización política, menos diálogo público.
- Furia sin resultados.
Gritar más fuerte no garantiza convencer. Insultar no es estrategia. La indignación puede ser un punto de partida, pero no un programa político.

¿Qué hacer?
La oposición necesita urgentemente una narrativa distinta. Una que critique con firmeza, pero con respeto. Que no vea al pueblo como un problema, sino como un actor político complejo y valioso. Que construya, no que destruya.
Eso implica abandonar el odio como instrumento. Implica dejar de hablar solo para los propios y empezar a escuchar a los otros. Implica entender que la política no es solo confrontación, sino también reconciliación.
La oposición tiene una oportunidad histórica en cada elección. Pero si no aprende a hablarle a México con empatía, si insiste en reducir al pueblo a una caricatura de ignorancia o servilismo, el búmeran del odio seguirá regresando… y golpeando.









